Una aventura psicodélica en el desierto mexicano
3. Con la barriga llena
Una vez en el desierto, Santos y yo
espoleamos nuestros caballos y comenzamos a cabalgar con total libertad a través de la extensa
llanura. Santos me permitió marchar al frente, para así
vigilar atentamente mis movimientos. Al cabo de unos minutos, decidió que mis dotes como jinete eran aceptables, así que
se desentendió un poco de mí y me permitió cabalgar a mi ritmo sobre Relámpago. De modo que allí estaba yo, un hombre galopando libremente por el desierto mexicano
a lomos de uno de los animales más vigorosos, hermosos y, ¿por qué no decirlo?, sensuales del planeta. Sin duda alguna es una de las sensaciones más gratificantes y emocionantes que he experimentado
en toda mi vida.
Una media hora más tarde, Santos
silbó para dar la orden a los caballos de que se detuvieran. Al parecer, habíamos llegado a una zona repleta de los cactus del peyote. Descabalgamos,
amarramos a los animales al tronco de un árbol reseco, y comenzamos a caminar lentamente con la vista fija sobre la tierra
que pisábamos. Por fortuna, ya había dejado de lloviznar. Al cabo de diez minutos, Santos
se agachó y me pidió que me acercara. "¿Lo ves?", me preguntó cuando llegué a su lado. Yo también me incliné,
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