Tras la muerte de David Lynch el pasado 15 de enero, el actor Kyle MacLachlan escribió un artículo en el New York Times recordando al director. MacLachlan protagonizó varias películas del cineasta, como Dune y Blue Velvet, y, por supuesto, la mítica serie de televisión Twin Peaks. Como a otros artistas, contó MacLachlan, a Lynch no le gustaba explicar sus creaciones. En parte, porque consideraba que la esencia de un film iba más allá de las palabras. Y, en parte, porque quería que cada persona, como individuo único, interpretara sus películas a su gusto.
De lo que no se cansó nunca de hablar Lynch —y, yo, imagino que como mucha otra gente, no me cansaré nunca de escucharlo— fue del proceso creativo. El cineasta explicó una y mil veces la importancia que para él tenía la “idea”, el germen de la creación artística. La idea inicial, por supuesto, después debía desarrollarse, pero Lynch siempre insistió en que había que permanecer tenazmente fiel a ella.
En una entrevista de 2015, le preguntaron a Lynch sobre el origen de Blue Velvet. Habían pasado casi tres décadas desde el estreno de la película, pero el cineasta, cerrando los ojos, todavía podía recordar cuál había sido la semilla del
Hace unos meses, dando un paseo cerca de casa, descubrí que una de las librerías del barrio había cerrado. Allí me quedé, pasmada delante de la puerta, leyendo una nota que les agradecía a los clientes su apoyo durante los años que estuvo abierto el negocio. Yo había sido cliente ocasional, pero no me consideré merecedora de ningún agradecimiento. ¿Cuántos libros, al fin y al cabo, había comprado yo, digamos, en el último año? Uno, creí recordar. Quizá dos. Con clientes como yo, aquella librería no podría haber salido nunca adelante.
Según un artículo publicado el pasado 11 de enero en eldiario.es, el negocio de los libros, en general, disfruta de buena salud en nuestro país. Pero, mientras que grandes superficies como Fnac y cadenas de librerías como Casa del Libro están vendiendo más, los pequeños negocios sufren. A las librerías de barrio les cuesta competir con las grandes empresas, eso es lógico. Pero lo que les acaba dando el golpe de gracia a muchos pequeños negocios son las subidas del alquiler. En el local de mi barrio donde antes estaba la librería que cerró, ahora hay una tienda de telefonía móvil. Al parecer, eso sí que da para pagar el alquiler.
eldiario.es hablaba hace
Hace unas semanas, en nuestro país todas las grandes cadenas de televisión emitieron programas especiales de fin de año. RTVE apostó por los populares humoristas Lalachus y David Broncano. En un momento del programa, Lalachus mostró ante la cámara lo que parecía ser una estampita religiosa del sagrado corazón de Jesús. La cabeza de la figura, sin embargo, no era la de Jesús, sino la de una vaca: la mascota del popular concurso televisivo Grand Prix.
La humorista dijo ser fan de Grand Prix, y que la estampita le traía buena suerte. Poco más. Y, sin embargo, apenas unos días después, los medios informaban de que se había presentado una denuncia contra Lalachus por ofensa contra los sentimientos religiosos. Tras la denuncia estaban, al parecer, diversas organizaciones ultracatólicas como Hazte Oír y Abogados Cristianos.
Lalachus no es, ni mucho menos, la única en haber sufrido las iras de estas organizaciones. La lista de personas contra las que se han emprendido acciones legales es larga, e incluye a periodistas, actores, políticos, profesores universitarios, artistas…
Personalmente, considero la estampita de Lalachus una broma inofensiva. Una opinión con la que coinciden la inmensa may
Qué tiempos aquellos en los que, a quienes tenían una segunda residencia en España, les preocupaba —qué sé yo— el olor a humedad. O la proliferación de maleza en el jardín. Ahora, lo que les quita el sueño a muchos no es eso. Es ir un fin de semana a la segunda residencia y descubrir que alguien está viviendo allí. Es el miedo a que los okupas se le encaren a uno violentamente. O a tener que pagar a un abogado para desalojarlos y que, muchos meses después, tras haberlo conseguido —con suerte—, se encuentre uno la casa completamente arrasada.
Las diferencias ideológicas entre la izquierda y la derecha respecto a la protección de los derechos de inquilinos y propietarios me parecen comprensibles. Lo que no logro entender es la tolerancia de la izquierda española con los okupas. ¿Cómo puede parecerle a alguien razonable que una persona se instale a vivir en la propiedad de otra sin permiso, y sin pagar ninguna compensación económica? ¿O que pueda llevar entre 12 y 24 meses expulsar a un ocupante ilegal por la vía judicial, como ocurre en la actualidad en nuestro país?
Ahora, como explicaba el diario 20minutos el pasado 11 de enero, un error durante una votación en el Parlamento podría s
Me parece admirable la fe que tiene Joe Biden, ya expresidente de Estados Unidos, en sus conciudadanos. En su discurso de despedida desde el Despacho Oval, retransmitido el pasado 15 de enero, Biden, como un padre sensato que despide a sus hijos en la estación —aunque, obviamente, el que se va es él—, advirtió a los estadounidenses de los peligros que los acechan.
En Estados Unidos, aseguró Biden, se está formando una oligarquía de extrema riqueza, poder e influencia, que amenaza la democracia, los derechos y las libertades básicas. Los estadounidenses saben perfectamente —creo— quienes son los individuos enormemente ricos y poderosos a los que se refería el expresidente. Y, por si quedaba alguna duda, allí estuvieron Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg el lunes, a la vista de todos, ocupando lugares de honor en la ceremonia de inauguración de Donald Trump.
Las advertencias de Biden me parecen una interpretación certera de la realidad. Combatir esta oligarquía emergente, sin embargo, no es imposible. Por un lado, sería bueno crear legislación para limitar el poder, la influencia, e incluso la riqueza de gente como Musk, Bezos y Zuckerberg. Aunque hoy en día, imagino, sugerir algo