Las potencias extranjeras acuerdan dejar de intervenir en Libia
22 January 2020
Muamar el Gadafi
ya lo había advertido a la coalición internacional
que pretendía derrocarle: en caso de que él perdiera el poder, toda la zona se desestabilizaría y se crearía una crisis territorial sin precedentes. El dictador libio se autoproclamaba como
un garante de la estabilidad regional, ya que su autoridad representaba un
dique de contención que impedía tanto el
ascenso de las fuerzas yihadistas como la libre circulación de miles de migrantes que,
provenientes del África subsahariana, aspiraban a tocar
suelo europeo. Gadafi era un
sanguinario déspota, no hay duda de ello, pero al menos
tenía bastante razón en su profecía. La coalición internacional,
liderada por Estados Unidos,
hizo caso omiso a su advertencia y cometió exactamente el mismo error que ya había cometido en Afganistán e Irak, es decir,
brindar un remedio que era mucho peor que la
enfermedad. Dicho y hecho. Al igual que ocurrió con el Irak de Sadam Hussein, Libia, tras la desaparición de Gadafi en el año 2011, se convirtió en un
infierno que
perdura hasta nuestros días. El sufrimiento es constante tanto para la
población autóctona, la cual es víctima de una
cruenta guerra civil protagonizada por
bandos rivales