Personalmente, considero a Donald Trump un hombre vil, corrupto, machista, racista y con aspiraciones dictatoriales, entre otros pésimos rasgos. Estoy convencida de que, a estas alturas, muchos estadounidenses estarían de acuerdo con al menos parte de estas consideraciones. Y, sin embargo, el pasado 5 de noviembre, habiendo podido optar por Kamala Harris —una mujer inteligente, trabajadora y decente—, lo eligieron a él como el próximo presidente de Estados Unidos. La pregunta es por qué.
Es perfectamente posible, admitámoslo, que no exista una respuesta simple a esta pregunta. La principal conclusión que yo saco, no obstante, es que hay un gran número de estadounidenses para los cuales el sistema actual, simplemente, no funciona. Empezando por los millones de personas —más de un 35 % del electorado— que, en las que quizá sean las elecciones más importantes de su vida, ni se molestaron en acudir a las urnas. Me parece difícil no concluir que estas personas tienen poca —poquísima— fe en el sistema, o, al menos, en el Gobierno de la nación… sea del color que sea.
De entre quienes sí fueron a votar, algo más de un 50 % lo hizo por Trump. Es posible, como han apuntado diversos analistas,
El pasado 7 de noviembre, el INE —Instituto Nacional de Estadística— publicaba los datos más recientes de población: España roza ya los 49 millones de habitantes, la cantidad más alta de la historia, y el motor de crecimiento es la inmigración.
En 2024, la subida interanual de la población ha sido de más de 425.000 personas, la inmensa mayoría nacidas en el extranjero, un segmento que representa ya más del 18 % del total. Ello sitúa a España cerca de los países europeos con más tradición de acogida de inmigrantes, como Alemania (con un 19,5 % de nacidos en el extranjero), y considerablemente por encima de otros países del sur de Europa como Francia (13,1 %) o Italia (10,9 %).
El récord de población es noticia. Que en nuestro país la población aumente a causa de los inmigrantes, por otro lado, no es nada nuevo. Y, sin embargo, es un hecho que sigue preocupando: según una encuesta reciente, un 47 % de los españoles piensa que en nuestro país hay “demasiados inmigrantes”.
La publicación de los datos del INE hubiera sido una buena ocasión, creo, para renovar el debate público sobre la inmigración en nuestro país. En la esfera política, desgraciadamente, este debate está muy oscurecido por
Si os contara que una biblioteca sobre ruedas hace ruta por los pueblos de España, quizá pensaríais que se trata del proyecto de algún nostálgico empedernido. O, quizás, de una novela o de un guión de cine. Y, sin embargo, no uno, sino una flotilla de 83 bibliobuses circula cada día por las carreteras de nuestro país, como contaba El Periódico de España el pasado 4 de noviembre.
En la actualidad, aproximadamente un millón y medio de españoles no tienen acceso a una biblioteca. La mayoría de ellos vive en el medio rural. Para ayudar a estos ciudadanos a ejercer su derecho a la información, al conocimiento y a la cultura, diversas comunidades autónomas ofrecen un servicio público de bibliotecas móviles.
Algunos de estos bibliobuses llevan ya varias décadas circulando y me pregunto si, hoy en día, los Gobiernos regionales estarán tentados a buscar alternativas tecnológicamente más avanzadas: negociar una licencia de acceso a contenidos digitales como, por ejemplo, Amazon, de forma que los usuarios —que, obviamente, tendrían que estar conectados a Internet— puedan descargarse un cierto número de libros al mes. O, qué sé yo, entregarles libros de papel mediante drones.
Ojalá los bibliobuse
“Vecinos furiosos lanzan objetos al rey de España y al presidente del Gobierno”, rezaba un titular de prensa extranjera el pasado domingo, 3 de noviembre. Y, sin embargo, no está claro que haya sido exactamente eso lo ocurrido durante la visita a Paiporta, hace unos días, de los reyes de España, el presidente del Gobierno central y el presidente de la Generalitat Valenciana.
A las autoridades les lanzaron objetos durante su visita a Paiporta, el pueblo más afectado por las inundaciones que el pasado 29 de octubre azotaron la provincia de Valencia, provocando la muerte de más de 200 personas. Ese día, tuvieron que intervenir las fuerzas del orden. Eso es un hecho. Lo que no está claro es quiénes eran los agresores.
Maribel Albalat, la alcaldesa de Paiporta, explicó en unas declaraciones que, aunque en los altercados habían participado algunos vecinos del pueblo, la mayoría de la gente involucrada era de fuera. La alcaldesa concluyó que estos individuos habían estado esperando la llegada de las autoridades: “Estaba preparado, me da mucha pena que se utilicen estas desgracias para cualquier interés político”.
La presencia de agitadores en Paiporta cogió por sorpresa a muchos. En las imág
A finales de los años cincuenta, el músico, productor y compositor Quincy Jones, fallecido el pasado 3 de noviembre, estudiaba composición musical en Francia con la afamada Nadia Boulanger. Un día, al llegar a clase, recibió una noticia: había llamado Grace Kelly, la princesa de Mónaco: Frank Sinatra quería tocar con él. Jones nunca olvidó las palabras que le dirigió el mítico Sinatra —con quien luego forjó una larga amistad— tras haber tocado juntos por primera vez: “Good job, kid. Koo-koo”.
Sinatra fue, por supuesto, solo uno de los monstruos de la música con los que trabajó Jones durante su carrera. Leer los obituarios de Jones en prensa estos días es repasar una larga lista de colaboraciones con figuras de la talla de Charlie Mingus, Dizzy Gillespie, Miles Davis, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Duke Ellington, Ray Charles, Aretha Franklin, Tony Bennett, Diana Ross y Michael Jackson, entre muchos otros.
Si Quincy Jones fuera un personaje de ficción, seguramente nos parecería que se han exagerado sus logros: ¿quién podría hacer tanto en una sola vida? Y, sin embargo, al trabajo de producción y las colaboraciones con otros artistas hay que añadir, por supuesto, sus